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domingo, 11 de diciembre de 2016

MOMENTOS PARA EL DIÁLOGO (X)

PACIENCIA VERSUS CRISPACIÓN (X)

Creo haber sido de esa clase de personas que nunca supieron disfrutar de su trabajo, siempre apresurándolo sin ser capaz de obtener de él la menor satisfacción. Prisas, eso era lo único que tenía: lo mismo en el trabajo, en las investigaciones y estudios, que en mis más cotidianas formas de actuación. De modo que siempre estaba quejándome por todo: porque no se reconocían mis "supuestos méritos", porque no obtenía los resultados adecuados en los estudios pese al esfuerzo que suponían, porque sólo lograba alcanzar enfrentamientos y afrentas del público con el que trataba… En realidad he pasado tanto tiempo de mi vida quejándome de los problemas, que si hubiera invertido la mitad del mismo en intentar resolverlos seguro que me habría sorprendido con los resultados obtenidos. Porque quejarse nunca es buena solución. 


En cambio, lo que debiera haber hecho, lo que deberíamos hacer en estos casos, que es ponernos a analizar los hechos para tratar de encontrar la adecuada estrategia, eso , precisamente, fue lo que nunca hice. Por ejemplo, nunca me paré a pensar por qué llegaba a tener tantos enfrentamientos en el trato con el público derivado de mí hacer profesional. Decía Gracián que "todo lo gasta un mal modo; hasta en la justicia y la razón tiene gran parte en las cosas el cómo". Que es tanto como decir que "no hay más dicha ni más desdicha que la derivada de prudencia e imprudencia".

Si en todo momento hubiese sido consciente de que cuando a alguien se le hiere en el amor propio, cosa que ocurre con demasiada facilidad puesto que todo el mundo tiene "sus razones" para hacer lo que hace, ya será casi imposible que surja un modo de entendimiento entre los dos. Pretender que nuestro "contendiente" reconozca "sus errores" poco menos que arrojándole a la cara los argumentos, lo único que consigue es dar motivos a la gente para soliviantarse —"picarse" diríamos en argot  coloquial—, lo que crispará sus ánimos. Y cuando uno está crispado dice cosas de las que a menudo se arrepiente. Porque en ese estado se dicen cosas pero no se piensan. Y todo lo que decimos siempre deja una herida que unas veces se cura y otras no. La crispación nunca facilita el entendimiento. Lo opuesto a la rabia y a la crispación es la paciencia. Así, pues, esta es el área personal en la que debemos trabajar. Hay que desarrollar pacientemente los trabajos para saborearlos bien y poder disfrutar. Hay que tener paciencia en la vida cotidiana. Ello nos conducirá directamente a un estado de serenidad, antepaso obligado a la realización de los sueños. Y no olvidemos que una buena vida es aquella en la que uno se levanta por la mañana con la impaciencia por empezar de nuevo.


Deberíamos reconocer también lo saludable que es estar solo en muchas ocasiones —no en soledad, que eso es otra cuestión de la que ya hemos hablado con anterioridad—. Porque la compañía, aún la mejor, cansa y relaja pronto. En realidad las más de las veces solemos estar más solos entre los hombres que cuando nos encerramos en nuestro cuarto. Decía Thoreau que "el hombre que trabaja y piensa ha de encontrarse frecuentemente solo donde quiera que se encuentre, porque su misión principal es encontrarse consigo mismo".


Así, pues, soledad buscada y paciencia son las claves para el goce y disfrute de nuestro tiempo. Y ya que no podemos cambiar las cosas que nos toca vivir, podemos elegir en cambio, cómo las vamos a afrontar.

domingo, 4 de diciembre de 2016

MOMENTOS PARA EL DIÁLOGO (IX)


POR QUÉ TANTO ESTRÉS

Soy consciente de vivir siendo víctima constante de esa "cosa" que ahora denominamos estrés. Y si no de forma permanente, son  muchas las horas e incluso los días que sucumbo ante este sentimiento de angustia y desasosiego que me impide disfrutar de la vida con plenitud y lucidez.

Los científicos estudiosos de este asunto sitúan su origen en el temor: temor a no estar a la altura de ciertas expectativas que uno mismo genera sobre sí. Por lo tanto se trata de una autoexigencia. Luego la cuestión consiste en reflexionar por qué nos imponemos semejante nivel de autoexigencia ¿Por qué queremos superarnos? ¿Para ser mejores y así tener más, ser más?


Lo cierto es que cada vez poseemos más cosas, y sin embargo ello no suele hacernos más felices. Es como si enfocáramos la vida en la idea de que su correcta evolución consiste únicamente en obtener más y mejores medios, mayores oportunidades, grandes comodidades… Lo que nos lleva a caer en un círculo vicioso de autoexigencia y eficacia para alcanzar todas esas "necesidades" que no son tales en realidad. Así que cabría considerar que un poco de autoexigencia está bien; demasiada, frustra, agota y puede llegar a constituir una cualidad malsana y demencial.
Yo siempre he sido muy autoexigente conmigo mismo. Me he impuesto perfección en las cosas que hacía sin preguntarme nunca por qué las realizaba y si en realidad quería hacerlas o si sólo las desempeñaba porque era mi deber —el rigor del deber, que decía Kant—. Y muy especialmente aquellas obligaciones que aceptaba por la mera cuestión de no defraudar o simplemente porque no sabía decir "no".
Son innumerables las horas que he perdido en reuniones, encuentros, jornadas, citas y un sinfín más de obligaciones, todas ellas con un denominador común: han ocupado mi tiempo sin aportarme nada de similar valor, pero a cambio me produjeron un enorme estrés al autoexigirme la necesidad de "dar la talla" o cumplir con la obligación. Y todo ello por hacer o realizar cosas ajenas a mí; esto es, hacer cosas que yo no escogía hacer.



Por tanto aprender y saber decir "no" cuando debemos hacerlo es una auténtica vacuna contra el estrés. Aunque no es la única; hay algunas más. Saber aceptarnos con nuestros fallos y limitaciones también es esencial, porque nos permitirá quitarle exigencias a la vida. Solemos pensar que nuestro trabajo es extraordinariamente importante cuando en realidad no lo es; ni somos los únicos, ni imprescindibles, y si faltamos, otro lo realizará sin duda alguna. Pensamos que necesitamos cosas que no son imperiosas ni esenciales, y sin embargo nos dejamos mucha "vida" tras el solo hecho de perseguirlas y en el intento de alcanzarlas ¿¡Cuánto ganaríamos si fuéramos plenamente conscientes de cuáles son las cosas mínimas que necesitamos para cubrir nuestras necesidades!? Hay que quitarle exigencias a la vida porque con ello estaremos eliminando una gran fuente de estrés.

Hagamos las cosas, sí, pero a nuestro ritmo y disfrutando de ello, sin exigirnos perfecciones o tiempos por encima de nuestras posibilidades. Porque es corta la vida y hay mucho que hacer y saber "¡No se vive si no se sabe!" —decía Hipócrates—. Y una de las principales cosas que tenemos que saber es vivir… Pero vivir sin estrés.

martes, 29 de noviembre de 2016

MOMENTOS PARA EL DIÁLOGO (VIII)

 LA IMPORTANCIA DE APRENDER


Es cierto que me gusta aprender cosas nuevas. Por eso cada día me esmero más con la predisposición al estudio y la investigación. Porque además del placer que obtengo con ello soy consciente de que esa actitud me enriquece cada día un poco más.

Pero debo preguntarme por qué deseo aprender cosas ¿Es por puro placer estético? ¿Por mera necesidad personal? Y debo responderme que no, que no es sólo esa necesidad personal, sino que me gusta aprender cosas para esmerarme luego en poderlas compartir. Porque como decía Séneca "… ninguna cosa deleita si ha de ser para uno solo. Se podría renunciar a la sabiduría si fuera para tenerla uno para sí, como encerrada, sin poder comunicarla". Ninguna posesión es agradable si no se comparte con alguien.



Así que al cabo, he me aquí en otra cuestión —unas cosas llevan a otras invariablemente—. Si lo que aprendo lo hago para divulgar, debo preguntarme de nuevo para quién pretendo divulgar: para todos, o sólo para un escogido grupo. Y mi respuesta surge clara y rotunda: lo que aprendo con carácter general —política, historia, filosofía— pretendo transmitirlo a todo el mundo, mientras que hay temas, reflexiones más particulares, que sólo me apetece compartirlas con un grupo más reducido y especial, aquel que constituye el que podríamos denominar "de los amigos".

Creo que no necesita mucha argumentación la primera de las respuestas. Te informas, adquieres conocimiento, analizas, investigas, y con ello conformas opinión que luego sometes al filtro de la opinión general por cualquier medio posible; en mi caso a través de los medios de comunicación a los que tengo acceso, y sobre todo por medio de las redes sociales intentando conseguir la mayor difusión.

La cuestión de si esa opinión va a tener repercusión o no, debo considerarla algo secundario, porque en la mayoría de los casos pasará desapercibida o no la tendrá. ¿Por qué? Pues aparte de que esa opinión puede no ser compartida por los demás, luego está el hecho de la gran desinformación que implica la superabundancia de medios de comunicación. Algo que lo único que consigue es que la gente, abrumada por tanta oferta, pase de casi todo y ya no busque informarse, o al menos que sólo busque información sobre aquellas cosas que le interesan en particular.

Pero con ser esto una realidad, poco me condiciona a nivel particular. Porque procuro divulgar mis conocimientos como el sembrador que esparce sus semillas; sabiendo que germinarán solamente en terreno abonado para ello.

Luego está la segunda cuestión, aquella en que la consabida divulgación sólo ansío compartirla con un selecto grupo de personas, precisamente el que considero constituido por los amigos. Lo que me hace mucho más compleja la argumentación, pues en este caso lo primero que cabría considerar es a quién considero como amigo, o mejor aún, qué cosa es la amistad. Pero este punto bien merecerá su propio apartado, pues si hay algo difícil en la vida es eso precisamente, el gozar de la amistad. Así, pues, centrémonos por ahora en la cuestión que debatimos: la del valor e importancia del aprendizaje como experiencia vital.

Decía Montaigne que "es malo vivir encerrado en sí mismo y no ver más allá de las propias narices". Y sin embargo, hoy, millones de personas vagan por la vida sin encontrar un fin concreto por el que valga la pena vivir. Caminan a merced de los vientos de las modas, siempre sumisos y temerosos por el qué dirán. Su único horizonte consiste en acumular bienes materiales ¡No ven más allá de sus propias narices!

Otros, en cambio, actúan movidos por amplias aspiraciones e ideales, marcándose objetivos elevados en sus vidas, trazándose caminos que sirven a la humanidad y les ayudan a crecer. Y son estos, precisamente, los que siempre estarán alertas con su aprendizaje, persiguiendo las metas que se propusieron, y aun conociendo que quizá nunca las alcancen, saben en cambio lo lejos que llegarán.

El aprendizaje continuo dará siempre un sentido a nuestro camino, constituye la base que nos ayuda a crecer. Porque no debemos olvidar que el verdadero sentido de nuestra vida se va haciendo a lo largo de la existencia en la medida que hacemos realidad el propio proyecto personal de crecer. Y para ello necesitaremos ese reciclaje continuo que significa aprender.

Séneca decía que "sólo tienen ocio quienes tienen tiempo libre para la sabiduría […] pues cualquier tiempo lo añaden al suyo". Si nuestro tiempo de vida es siempre pequeño, ¿por qué no dedicarnos a hacer aquellas cosas que serán eternas y que siempre fueron y serán comunes entre los mejores? La fama, los honores, las riquezas ¡con cuanta facilidad se pierden! Sin embargo la experiencia y sabiduría que se obtienen del aprendizaje ninguna edad podrá borrarlas; y persistirá si se transmite.

Porque lo que no reconoce la envidia en el momento actual, se admira después, cuando se mira desde el tiempo que pasó. Y no olvidemos que tal vez no exista mayor y más asombroso aprendizaje que el que se obtiene de las experiencias ajenas. Porque los seres humanos suelen respetar, no lo que es respetable, sino lo que es respetado. La observación del hacer ajeno, por tanto, siempre llevará implícita una parte de ese aprendizaje constante: la de todo aquello que deberíamos rehuir o que nunca debemos hacer.


lunes, 21 de noviembre de 2016

MOMENTOS PARA EL DIÁLOGO (VII)


ENFERMAR DE PREOCUPACIÓN

De mis múltiples preocupaciones, una siempre ha sobresalido sobre las demás: la relativa a mis hijos.

De ellos siempre me preocupó todo. Cuando sólo eran bebes temía que enfermaran, y si enfermaban realmente sufría por si la enfermedad era de gravedad y acaso podían morir. Y luego, cuando superaban sus comunes faringitis o diarreas, volvía a preocuparme por si podían recaer.

Cuando fueron creciendo otras preocupaciones se añadieron a la situación. Si se adaptarían bien a los colegios, si tendrían problemas con otros chicos de su edad, si se pelearían o tendrían algún accidente, en fin, la cuestión era no vivir.

Pensaba yo que este era un tema que superaría con la edad. Bastaría que fueran adultos y mis problemas y preocupaciones por ellos desaparecerían como por encanto, como el agua que se escurre entre las manos.

Pero luego ocurrió lo que era de esperar. Que mis hijos crecieron y con ellos los problemas se hicieron mayores. La salida del hogar por los estudios, la preocupación constante por si estarían bien, por aquello que les pudiera pasar, la insuperable necesidad de tenerlos controlados, y el terrible desasosiego cuando esto no era así, cuando no respondían a mis llamadas telefónicas, cuando a las horas que consideraba habituales no se encontraban en casa o donde yo pensaba que debían estar.

Me entraba entonces un sudor frío, copioso y abundante que me traspasaba hasta el atuendo, mi corazón palpitaba y mi estado de temor me alteraba el equilibrio físico de igual manera que el psíquico y espiritual. Dolores de vientre y estómago, temblor de manos, palpitaciones, elevación de la tensión arterial… ¡Y todo para qué? Bastaba después recibir una llamada o un mensaje: «¡Estoy en el cine!», por ejemplo, para retornar a la normalidad.

¿De qué había servido mi exceso de preocupación? —me pregunto ahora— ¿Acaso solucioné o hubiera podido solucionar algo con ella?  Pues salvo un malestar general y probablemente un deterioro de mi salud, poco más pude lograr.

Lo peor es que me doy cuenta de que mis preocupaciones seguirán. Me preocupará si tienen o no trabajo, si son felices en su vida sentimental… Y luego, cuando lleguen las gestaciones y los nietos, me preocupará si estos nacerán bien o mal, si crecerán sanos y en un buen ambiente familiar. En definitiva, la preocupación por mis hijos nunca desaparecerá porque la he convertido en un hábito que ya no me abandonará jamás.

Y mientras tanto esa preocupación vana me impedirá disfrutar de tantas cosas simples y hermosas que te regala la vida cada día: te levantas, estas sano, tienes una familia, hace un día precioso y lo tienes por delante para hacer todo aquello que deseas hacer: escribir, practicar deporte, pasear, compartir unas cervezas y unas charlas con los amigos, vivir el amor que sientes por tu pareja y por tus hijos. Y sin embargo no lo vas a aprovechar porque al final siempre se sobrepondrá algún motivo de preocupación.

He renunciado a querer desterrar de mí esa forma de ver las cosas, porque ya están tan arraigadas en mi interior que forman parte de mí ser. Pero si puedo aprender a manejarlas mejor. Sé que la mayoría de las cosas que me preocupan cada día no son reales, que sólo están en mi mente, que son el fruto de imaginar las peores situaciones y todo lo que con ellas puede pasar. Pero en realidad la mayoría de las veces no ocurrirán. Y si ocurren las tendré que soportar como hacen todos los demás. Así que no queda otra que aprender a analizar las situaciones, a trabajar en esos momentos críticos para desmontar todo el contexto que está fraguando mi imaginación a fin de intentar controlar ese estado de malestar que me produce la preocupación. Y para ello sólo encuentro un remedio: me pregunto ¿puedo hacer algo al respecto? Si es así lo hago, si no, no queda otra que decir: "lo que tenga que ser será". Pero sé que en el noventa por ciento de los casos eso que me desazona no ocurrirá. Y así quizá la preocupación total no desaparecerá, pero la convertiré, al menos, en algo más llevadero y fácil de soportar.





sábado, 12 de noviembre de 2016

MOMENTOS PARA EL DIÁLOGO (VI)

LA VIDA EN GRIS

En lo esencial creo que sólo existen dos formas de ver el mundo: de modo positivo y con optimismo, o de modo negativo y pesimista. Y que todos los seres humanos sin excepción nos situamos en una u otra posición sin que existan términos medios.
Yo soy de estos últimos, de los que suelen ver las cosas de forma pesimista y negativa ¿Y qué me ha reportado ello después de toda la vida de ver las cosas así? Pues en la mayoría de las ocasiones un sufrimiento innecesario que lo único que consiguió fue que muchos de mis días fueran una especie de infierno del que lo único que deseaba era salir: ¡Salir, escapar de los días de mi propia vida, sí! ¡Qué horrible! ¡Como si fueran inacabables los que tuviera concedidos!
Creo que es una de las peores perspectivas que puede acontecer a un ser humano aquello de saber ver la vida sólo de una forma gris ¡Cuántas ilusiones, cuántas alegrías desperdiciadas! En realidad esta forma de ver las cosas sólo indica que vivimos en un círculo muy restringido de nuestras propias posibilidades. Porque todo nuestro potencial, toda nuestra fuerza, radica en nuestra mente. Y es increíble la cantidad de ”basura” que metemos en ella: preocupaciones, ansiedades, nostalgias del pasado, cálculos para el futuro y los miedos que ellos mismos alimentan… En fin, para qué seguir; esa gran masa humana adicta a lo negativo sabe bien de lo que hablo, en realidad son, somos, especialistas en aquello de anegar nuestra mente con preocupaciones privándola de gran parte de su poder.
Ante esto lo normal sería poseer la fuerza necesaria para permitirnos el lujo de no tener ni un solo pensamiento negativo. Pero claro, esto es fácil de decir, casi imposible de lograr para los que somos así.
La filosofía oriental mantiene que la manera de pensar es un hábito, y que por tanto, como todos los hábitos se puede cambiar. Pero es un proceso que necesita entrenamiento y tiempo, porque sobre lo único que de verdad tenemos dominio es sobre nuestra mente, y si hemos sabido “educarla” para pensar en negativo, también podemos “deseducarla” para enseñarla a pensar en positivo. Aunque no es una tarea fácil, sino todo lo contrario, más bien es una auténtica tarea de titanes… Pero no imposible. Veamos:
¿Por qué para una persona negativa cualquier minucia —una opinión, un dolor, el mal tiempo— puede convertirse en un drama personal? Pues simplemente porque no sabemos controlar nuestra opinión sobre estos hechos, ya que no podemos controlar los hechos mismos. En realidad lo único que separa a las personas alegres y optimistas de las tristes y pesimistas es la manera de encarar los hechos, de interpretar y procesar las circunstancias de la vida. Cuando se consigue controlar los pensamientos y la manera de reaccionar a los acontecimientos de la vida, uno empieza a controlar su destino; esto es, uno empieza a elegir lo que quiere ser y cómo quiere vivir.
Pero cómo controlar los pensamientos negativos, cómo evitar las reacciones tan abrumadoras y nefastas. Pues sólo conozco un modo: con una enorme voluntad de cambiar, y con una práctica rayana en la obstinación, además de con un análisis lo más racional posible de cada situación.
Personalmente uno de los casos que más afectan e influyen en mi propia negatividad es la forma de percibir y afrontar los problemas que llegan, o los que pienso que van a llegar, porque en muchas ocasiones estos que tanto me preocupan luego no ocurren en la realidad. Pero si cuando llega un problema de verdad soy capaz de pararme a analizar hasta el punto de llegar a plantearme cómo debo afrontarlo y cómo tengo que actuar, el alivio que surge es inmediato. Y siempre llega por la misma rutina de acción: ante el problema hay que centrarse y no distraerse; esto es, afrontar cuáles son las causas y los remedios inmediatos aplicables y no perderse por las ramas con lo que no tiene remedio inmediato —una pierna gangrenada se corta, después se piensa en la prótesis—. Hay que tener en cuenta las cosas sobre las que se puede actuar y las que no. Y luego trabajar sobre ellas con el optimismo suficiente para sacar el mejor partido de cualquier situación. Porque en la vida no existen errores, sólo lecciones. Pero ese optimismo debe ser prudente. No distraerse significa hacer sólo aquellas cosas que nos ayudan a resolver la situación. La prudencia requiere conocer y medir las consecuencias que tendrán las acciones, evaluarlas y decidir si hacerlas o no. Pero cuando consigo realizar este ejercicio de autoanálisis inmediatamente compruebo que el problema parece reducirse a la mitad. Y este es el camino en todos los frentes para, si no eliminar la negatividad, al menos estar en condiciones de afrontarla en la mejor posición.

Por tanto comencemos a vivir más con la imaginación. Vivamos con aquellas cosas buenas que deseamos más que con los recuerdos de todas aquellas cosas negativas que nos pasaron ¡La fantasía de cada persona tiene que ocupar su lugar en el mundo! El secreto de la felicidad es simple: averiguar qué es lo que se quiere hacer y dirigir todas las energías en esa dirección, porque con un recto sentido y una voluntad perseverante siempre se alcanza lo que deseamos. Y lo que deseamos no debemos perseguirlo, sino seguirlo. Así que esa es la única solución: descubrir una misión en nuestra vida, imaginarla y seguirla cada día con el máximo de energía y optimismo… Y con ello decir “adiós” a todo aquello que nos hunde cada día más en nuestra propia negatividad.

domingo, 6 de noviembre de 2016

MOMENTOS PARA EL DIÁLOGO (V)



EL VALOR DEL TIEMPO
A menudo me sorprendo al comprobar con cuánto esmero trabajan los jóvenes, entre ellos mis propios hijos que son aquellos a los que por su cercanía mejor puedo observar. E increíble como todo su afán pasa y se desarrolla por y entorno a su trabajo diario. Se levantan temprano, toman su desayuno y parten raudos a ocupar su puesto laboral: jornadas que por unas u otras razones nunca les supondrán menos de doce horas diarias de dedicación, cuando no de hasta veinticuatro en los casos de sus guardias de obligación.
Y así han llegado a considerar como la cosa más normal del mundo aquello de casi no poder estar con sus parejas o su familia, no disfrutar de sus hogares, no disponer de tiempo para su ocio, no descansar… Y cuando les pregunto que por qué lo hacen, sólo saben responder que necesitan el dinero y ahora es su tiempo de trabajar: «¡Cuando hace aire hay que aventar!» —coinciden con el refranero manchego.
Me miro a mí mismo en un ejercicio de retroactividad en el tiempo, y puedo darme cuenta de que ellos no hacen otra cosa sino repetir lo mismo que yo viviera años atrás: trabajar y trabajar para poder tener. Pero tener qué… Más dinero, más caprichos, más cosas materiales, en suma para tener más de todo aquello con lo que vivir "mejor".
Han tenido que pasar muchos años para que pudiera cuestionarme si aquel afán por trabajar sin descanso valió la pena, sobre todo si considero lo que a cambio perdí. Y me perdí tantas cosas: la infancia de mis hijos, las tardes serenas compartiendo el tiempo con mi compañera y mujer, aquellos libros que quedaron sin leer, tantos lugares que no visité…
Decía Henry David Thoreau, quizá el primer pensador y escritor ecologista, que el verdadero valor de una casa era la cantidad de eso que se llama vida que hay que dar a cambio, en seguida o a la larga. Cita que por extensión se ha divulgado como máxima para definir que el verdadero valor de las cosas hay que medirlo según el tiempo de vida que nos quitan. Y yo creo que este aserto constituye una gran verdad. Porque el tiempo que tenemos para vivir es lo único que realmente se nos da.
Fue Séneca, el filósofo cordobés, uno de los pioneros en aquello de defender lo lamentable que es perder el tiempo —nuestro tiempo de vida en suma— y con cuanta facilidad lo hacemos ¿Cuántos momentos nos son arrebatados? ¿Cuántos perdemos? ¿Cuántos dejamos marchar? Y sin embargo nuestro tiempo de vida es lo único con lo que de verdad contamos. Pero la mayor parte lo malgastamos haciendo mal las cosas; esto es, haciendo cosas diferentes a las que deberíamos hacer ¿Quién concede valor al tiempo? ¿Quién aprecia un día?
Cuánto ganaríamos si fuésemos capaces de abarcar nuestras horas. En las de trabajo procurando no apresurarlo, no desdeñarlo, sino tratando de obtener de él la mayor satisfacción. Después, el resto del tiempo deberíamos dedicarlo a la vida.

Pasar la mayor parte del tiempo, dedicar la mejor parte de la vida a ganar dinero para disfrutar de una supuesta libertad más que cuestionable durante la peor parte de ella (la vejez) recuerda a aquel que se fue a las Américas para hacer fortuna con el fin de poder regresar y vivir una vida de poeta. ¡Debiera haberse retirado a su cuarto y su escritorio en primer lugar!

domingo, 30 de octubre de 2016

MOMENTOS PARA EL DIÁLOGO (IV)

NUNCA SE GANA UNA DISCUSIÓN

Pocas cosas resultan tan evidentes como la total seguridad de que no es posible ganar ninguna discusión ¿Por qué empeñarnos en demostrar a alguien que se equivoca? ¿Acaso vamos a agradarle con eso? La mejor manera de sacar algo positivo de una discusión es evitándola.
Reconozco que durante mucho tiempo he sido un gran discutidor. Solía hacerlo por cualquier cosa. Exponía, más bien arrojaba, las razones que supuestamente avalaban mi posición, y no era capaz de llegar a encajar que éstas no fueran aceptadas ¿por qué no se convencía mi contrario ante tan claros y evidentes argumentos? —me preguntaba después de cada torneo dialéctico en cuestión—. El resultado final siempre solía ser un estado de irritación crónica y la segura convicción de que pese a todo ese desaforado despliegue  jamás conseguí que mi oponente cambiara de opinión.
El planteamiento respecto a la cuestión comenzó a variar en mi mente a tenor de unas lecturas de Schopenhauer —Dialéctica erística a las que llegué por motivos puramente académicos. En ellas el filósofo mantenía la teoría de que en las discusiones humanas pocas veces se aspira a encontrar la verdad, puesto que lo que realmente importa a los contendientes es "ganar" la controversia en cuestión; esto es, aparentar al menos que se tiene razón. Y tan convencido estaba de ello que el pensador llegó a escribir todo un tratado sobre el arte de tener razón; es decir, el arte de saber ganar las controversias se tenga o no razón. A este arte lo denominó "Dialéctica erística".
Luego si en la mayoría de las discusiones no buscamos encontrar un camino de luz y de verdad ¿Para qué vale discutir? ¿Para qué sirve quedar con la convicción de haber dicho "cuatro verdades" si lo único que conseguimos con ello es irritar al oponente sin conseguir hacerle cambiar de opinión? Resulta preferible más que hablar, aprender a abstenerse de hablar. Si discutimos puede que alguna vez alcancemos el "triunfo", pero siempre será un triunfo vacío, porque jamás ganaremos la voluntad del contrincante.
He podido experimentar en multitud de ocasiones esta situación. Salir con la convicción de haber dejado las cosas claras, de haber alcanzado los objetivos que me había propuesto, y pese a todo ello, quedar con la completa convicción de que no existía esa victoria simplemente por la animosidad y el resentimiento que había creado contra mí.
Nos evitaríamos muchas de estas situaciones si supiéramos escuchar. Dejar al otro exponer sus planteamientos y convicciones sin interrumpirlo no sólo lo calmará, sino que también lo alagará por el solo hecho de sentirse escuchado. Pero es que además lo que puede ocurrir también es que en esa situación de escucha atenta encontremos puntos en los que estemos de acuerdo, e incluso enfoques erróneos de nuestros propios planteamientos.
Luego lo importante será siempre comportarnos honestamente con nosotros mismos y ser capaces de modificar nuestros posicionamientos si ello resulta menester. No debe pesarnos concedernos tiempo para volver a pensar las cosas; suspender la cita o reunión en la que se está teniendo la discusión, o incluso abandonarla definitivamente aún a fuer de aparentar no tener razón o haber "perdido" la discusión. Porque lo que no deberíamos olvidar nunca es que la única manera de salir ganando en una discusión, es evitándola ¡Y no queda otra que decir en lo que respecta a esta cuestión!